Ciudad Victoria, Tamaulipas
Rosa Elena González
Vida Diaria




Se respira miedo
06/09/2011


El reloj marca las dos de la madrugada, una espera que parecía interminable, un café, otra película, otro café, y  la angustia comienza a apoderarse de la mujer, el celular en la mano síntoma de que espera una llamada, ya inquieta por los rumores y los hechos del día, el miedo comienza hacer presa de ella.
 
Le reconforta saber que estaba bien la persona que esperaba, que vivía el momento intensamente como cualquier joven de su edad, con toda la energía de sus 17 años, se celebraba el baile de debutantes en el que era uno de los chambelanes.
 
Desde temprana hora se le advirtió no llevaría coche, irían a dejarlo y recogerlo para evitar anduviera en la calle a  horas de la madrugada, porque se sabe que con sus amigos y amigas a esa edad los jóvenes no miden las consecuencias y todo se les hace fácil.
 
Suena el celular, al otro lado se escuchaba el bullicio de la fiesta, carcajadas y una voz que entre sonrisas decía: “madre ¿pueden pasar por mi?, la respuesta inmediata, casi al mismo tiempo que se tomaron las llaves del coche.
 
Al salir de la casa la mujer se persigno, rezó un poco,  pidió a DIOS que le acompañara y regresara con bien, se acompañó de otro de sus hijos, la psicosis le había alcanzado, el temor de salir a la calle en medio de la noche le espantaba.
 
Las calles oscuras, solo unas cuantas luminarias daban tenues rayos de luz, parecían adivinar su nerviosismo, contemplaban su trayecto mientras por la mente de la mujer pasaban mil conversaciones, reseñas de noticias de la semana, rumores, mentiras, más las verdades que todos conocemos.
 
Al llegar a la avenida encontró un grupo de policías militarizados, afortunadamente todos los semáforos estaban en verde, aunque la rapidez con que se viajaba por esas calles no dejaban de quitarle al trayecto una sensación de interminable, largo, vacio, en penumbras… ya se respiraba miedo.
 
Más adelante otro convoy  militarizado que ella miro ligeramente, al llegar al centro social suelta un suspiro, parece que todo va bien, se encontró con varios padres más que esperaban a sus hijos, las caras de angustia eran visibles, la luna parecía ser testiga muda de emociones encontradas.
 
Los jóvenes llenos de energía se despedían, contentos en sus rostros se veía la felicidad y despreocupación, los padres se sentían igual en ese momento, en el interior las palabras sonaban necias, gritaban por momentos similares más constates, más repetidos, a pesar de ver tantos problemas vale la pena verles felices, porque no es justo que tengan que vivir su juventud cautivos en su propio hogar, presos del miedo de sus padres.
 
Varias madres conversaban sobre el derecho que tienen los chicos a la diversión, a disfrutar con responsabilidad las emociones propias de su edad, la conclusión es que no parece justo que los jóvenes no tengan la libertad que hace unos años vivieron sus padres, cuando se podía acudir a las fiestas y el único temor que sentían era si se retrasaban unos minutos u horas, no pasaba más que enfrentar el regaño o castigo de sus padres.
 
Los jovencitos por fin terminan el ritual de las despedidas, suben a sus coches y en trayecto la madre le dice al hijo nerviosa, “no mires los coches que se paren a tu lado, ajústate el cinturón, lleva el celular en la mano, sin saber que ocurre él pregunta si pasa algo, solo es precaución.
 
Temerosos de la noche, desconfían hasta del compañero que paso a su lado y les decía adiós, va escuchando a su hijo lo vivido en la fiesta, pedía a DIOS no se separara de ella ni un instante.
 
Inconscientemente la mujer le dice a su hijo solo quiero llegar al lugar donde esta la vigilancia, él se inquieta y dice, “creo que no debí asistir al baile”, al escucharlo se llena de tristeza la mujer pues no concibe que hoy no se disfrute como en otros tiempos.
 
A lo lejos alcanza a ver que ahí están los militares y baja la velocidad, se tranquiliza porque esta a unas cuadras de su casa, se siente segura, al pasar a un lado de los uniformados, el joven  pregunta quien les paga a los policías, si será suficiente, si tendrán hijos, que pensaran sus familias, es necesidad o el deber  con la patria, ninguna respuesta sale de los labios de la mujer, todo esta confuso por lo que el solo se contesta, ¿cuanto pueden ganar para arriesgar la vida, QUE DIOS LES PROTEJA”.
 
Al llegar a su casa dan gracias por estar ahí, la mujer piensa en cuantos jóvenes ya no saldrán de fiesta porque no tienen como regresar a sus hogares, se entristece porque los tiempos en que se veía el grupo de muchachos caminar por las calles al terminar el fandango no existe, hoy es diferente, se respira miedo.
 
 Esto lo conto la amiga de la amiga de una amiga.
  vida.diaria@hotmail.com



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