¡Jaque mate Señor Destino!

¡Se salió con la suya!, exclamé alegre y triste a la vez. Hoy su familia vive mejor y nadie, ni siquiera su esposa, comparte el secreto del ardid que mi amigo discurrió para asestarle un giro radical a su crítica situación.

-La necesidad es la madre del ingenio, solía decir cuando en su austera morada, en Monterrey, jugábamos al ajedrez.

El tiempo siguió su curso y ahí, frente al tablero del ajedrez, entre jugada y jugada susurraba: “Debe haber una salida…”

Y yo, con la vista clavada en él, ignoraba si se refería al juego mismo o a su maltrecha economía personal.

Era un agudo observador. Un día lo encontré muy atento frente al monitor, operando un control de Nintendo, jugando el Super Mario Bross.

“Es un genio, un experto en la naturaleza humana el que inventó este juego”, exclamó divertido y enseguida explicó:

-Fíjate cómo, en cierto momento, el monito tiene qué avanzar, no le queda otra opción porque detrás de él viene un monstruo: Es la vida que te empuja y no puedes dar marcha atrás…

“Y otro detalle más:

Ya ves que te dan una “vida” si salvas un obstáculo o te la quitan, en caso de fracasar. Las vidas que te dan son los éxitos y si te las quitan, los fracasos en la vida real”.

Y después de señalar la dualidad ficción-realidad, preguntaba:

¿Agarraste la onda? Y girando sobre el tema se ponía a improvisar.

Su acuciosa mentalidad descubría en el más mínimo suceso o detalle, materia rica para filosofar, de manera que el trato coloquial jamás desfallecía ni estaba ayuno ante su inagotable curiosidad.

Señorío, Casta y Solidaridad

Allá por el mes de octubre, el banco le embargó la casa y otros bienes más. Ni así alcanzó a pagar.

“Voy a tener qué pagar con cuerpo”, se carcajeaba mordaz, porque ni en las duras o las maduras su temple titubeó.

“Me ha tocado en el teatro de la vida interpretar el papel de Job”, dijo una vez y como buen exliberal, enseguida afirmaba que se ajustaba a un ritual de iniciación masónica que aprendió:

“La copa dulce, muy breve, la bebí con placer. Hoy me toca agotar, hasta la última gota, la rebosante copa de la amarga realidad”.

El sacudía mi orgullo de luchador, cuando mi ánimo se desvanecía ante una contrariedad:

“Demuestra tu señorío, saca la casta, no te dejes vencer”.

Era un terapeuta lírico, con una innata predisposición a darle a los amigos, con gentileza y tacto, apoyo moral.

Para escuchar lamentos su paciencia era franciscana, sin importar que en esos momentos lo aquejara una grave contrariedad.

Sus consejos eran bien recibidos, avalados con autoridad moral, por provenir de alguien que arruinado por la devaluación jamás se doblegó ni quejó.

Algo tenían qué ver, en su aplomo y resignación, las lecturas bíblicas que cultivaba con sumo placer.

A sus casi setenta años, caminaba erguido, juvenil; con paso firme y gallardo, la frente en alto, marchaba por la calle y nadie podría sospechar que tras esa soberbia estampa de desempleado luchaba un hombre por sobrevivir.

“Hoy conseguí cien pesos donados por los viejos amigos ”, me dijo una vez y jubiloso marchó a la tienda a comprar víveres elementales, que llevó a su casa para compartirlos con su resignada esposa y dos nietos.

“Dirás que me contento con poco y no es así. Sucede que el abatimiento para mí es un lujo: si me derribo, todos se caen…”

EL AJEDREZ DE LA VIDA

Su carácter se reflejaba en el ajedrez. Metódico, sereno se debatía como una fiera herida en las etapas de apuro.El tablero era como la lucha diaria: en las partidas casi perdidas se idean jugadas para ganar o de perdido empatar.

Si perdía, elogiaba a su rival: “¡Qué buena jugada, no la ví!”, o si ganaba, lo alentaba”:…es que no viste la “clavada del alfil”.

Las finales de “peón” le fascinaban y con el tiempo entendí por qué. Como lo saben también todos los que juegan ajedrez. ¿Será la singularidad, el sello personal; o la lucha de un hombre solitario, desesperado que busca “coronar” su última instancia para vencer?.

Su nivel de ajedrecista rivalizaba con su cultura general, aunque pienso que en ésta última es donde volaba con más seguridad y fluidez.

De la Cima a la Sima

Su personalidad intrigaba, porque teniendo todo para triunfar, el éxito le era esquivo. Ante el “mal fario” que lo acosaba desde años atrás, simplemente invocaba: “Dios proveerá…”

Tuve el desagradable privilegio de contemplar su gradual ocaso.

Aún me indigna recordar que cuando la bonanza era su amiga, le sobraban los amigos que hoy, mejor acomodados, se fingen amnésicos ante la generosidad de su antiguo Mecenas.

Alejado del ambiente del café, donde la amistad suele tornarse en mezquindad -¿o no es así, mis efímeros y leves Pedro Silva, Carlos Mora y Marquitos Batarse-, mi cuate se carcajeaba: “La fortuna nos divide, Vanidad de Vanidades, todo es Vanidad…”

La Levedad del Ser

Y profundizando sobre la calidad de la amistad, rechazaba la tesis de que se deben otorgar los favores con criterio selectivo, aunque admitía el diferendo entre amigos y simples conocidos.

Parafraseando a Og Mandino citaba el lema que aplicó cuando vivía en la abundancia y que ahora, en la inopia sostiene aún:

“Ayuda al amigo necesitado, porque mañana tú lo necesitarás”.

Para él, un auténtico amigo es aquél ante quien uno puede pensar en voz alta.

Por eso se mostraba desdeñoso ante los que cínicamente retratan a la amistad como “un bulevar de dos carriles: si te dan, das…”

Valgo Más Muerto que Vivo

Entre café y cigarrillos retorcíamos el rollo de la crisis y él, que andaba con el agua al cuello, poniéndose la mano a la altura de la nariz, decía: “Mientras no pase de aquí”.

La última vez que platicamos se mostró taciturno y cosa rara en él, dijo: “No sé si toqué fondo, o ya lo perforé”.

Tras una prolongada pausa se enfrascó en un escabroso tema sobre pócimas secretas para morir sin morir. Y discurrió sobre la catalepsia, hibernación, vida inanimada y otros asuntos que me erizaban los pelos.

-Algo está tramando, está buscando una salida maestra, un toque de categoría para resolver su situación, pensaba yo; y en eso estaba cuando deslizó una frase que hasta hace poco descifré:

“Valgo más muerto que vivo…”

Por cuestiones de sobrevivencia laboral me fui a radicar a Puebla y al regresar cinco años despúes me dijeron que había fallecido sin motivos aparentes.

La noticia se publicó así:

“La compañía aseguradora pagó ayer la póliza de vida por un monto de 100 mil pesos a la familia, etcétera, etcétera…”

Catalepsia, muerte inanimada…?

“Valgo más muerto que vivo”

¡Jaque mate señor Destino!