El poder de la fe

El vecino de enfrente instaló en la fachada de su humilde morada lucecitas multicolores.

Su tempranero espíritu navideño contagió al barrio y hoy la calle centellea de alegría nocturnal.

Mi esposa María del Carmen no quiso quedarse atrás: quitó mi estéreo de la sala para abrirle espacio a un diminuto pino que adornó con foquitos.

Además, como es experta en manualidades, en el refrigerador, gabinete y puertas pegó figurillas de renos, monaguillos, nochebuenas, palomas de la paz, monos de nieve, duendes y botas de Santo Clos que confeccionó pacientemente, durante meses, para adornar nuestro hogar, así como para regalar a familiares y amigos.

Mi modesta morada luce radiante.

Yo observo los afanes de mi mujer, el gran cariño que le pone a lo que hace. Educada a la antigua por mis extintos suegros, huérfana pues, no se deja abatir por el infortunio. No sé de donde saca tanto temple, esa formidable entereza, pero la admiro.

Soy el sexo fuerte, ella el débil; así lo enuncia el cliché. Pero creo que en nuestro caso los papeles se invierten porque yo, en su lugar, ante tantas desdichas sucumbiría de tristeza…

Veo que todas las mañanas saca un  librito para orar. Sentada en el sofá, lee y se inunda de espiritualismo. No sé que lee, pero creo que en las lecturas se finca la clave de su blindaje interno.

Es obvio suponer que en sus oraciones tiene rango especial la memoria de mis suegros.

Y ante los tiempos difíciles que nos está tocando vivir, también ha de pedirle a Dios que no nos desampare.

Jamás me he atrevido a profanar su intimidad cuando se sumerge en la palabra bíblica. Creo que eso le hace bien, la reconforta y tonifica.

Me parece más constructivo que irse con amigas a jugar canasta uruguaya o distraerse en otros pasatiempos frívolos.

Me siento orgulloso de ella y hasta creo que no me la merecía, que estaba reservada para alguien mejor que yo.

Por ello, viendo su intachable conducta y firmes creencias me he esforzado en sacar las clavijas que aún tengo atoradas y bloquean mi ascenso espiritual.

Los motivos navideños con que adornó la casa, son algo nuevo en mi vida.

El mes de Diciembre siempre me deprimía. Una gran carga de melancolía me invadía los fines de año. Temía, sin saber por qué,  al espíritu navideño.

Pero hoy, gracias a Carmelita, este mes me exalta de emotividad positiva. Ya no me entristezco y en su compañía espero con alegría la Navidad y el Año Nuevo…