El priismo moribundo

A partir de la crisis económica registrada a finales del sexenio de José López Portillo, politólogos e historiadores comenzaron a pronosticar los escenarios de la muerte del arcaico sistema político priista.

Poco a poco, reforma tras reforma en las leyes electorales, el viejo régimen que construyó, como diría el novelista peruano Mario Vargas Llosa, la Dictadura Perfecta, fue siendo desmantelado en un largo proceso hacia la transición y la alternancia democrática, un largo y sinuoso camino que corrió a la par de la apertura económica y comercial del país.

Las dos aperturas, la política y la económica, registradas en el transcurso de las décadas de los ochentas y los noventas, se configuraron en el contexto de la Globalización y el Nuevo Orden Mundial derivado de la caída del Muro de Berlín, epílogo del singular capítulo de la Guerra Fría.

Eran los tiempos del inicio de la hegemonía global de Estados Unidos con su capitalismo salvaje. Era el mundo unipolar (un periodo que ya terminó tras el desenlace ‘anti-gringo’ de la guerra en Siria, el resurgimiento militar de Rusia con Vladimir Putin y el poderío económico y tecnológico de China).

Al ingresar México a la época de la Globalización y para encajar en los nuevos tiempos dictados por Estados Unidos, el esclerótico gobierno priista adoptó por necesidad un nuevo discurso y dejó atrás la agotada narrativa que lo identificó con la pretendida transformación que representó la revolución mexicana y que, en un instante climático de la historia del país, se fortaleció con la expropiación de la industria petrolera decretada por Lázaro Cárdenas: El nacionalismo.

El viejo régimen priista, el que edificó la Presidencia Imperial (concepto y ensayo de Enrique Krauze convertido en libro), se sustentó por décadas en el ideal revolucionario caracterizado por una serie de símbolos que dieron fuerza a la identidad nacionalista.

Cuando el Partido Revolucionario Institucional tuvo que aceptar en el año 2000 la transición en el poder, muchos analistas pensaron que el priismo había llegado a su fin. Era, de acuerdo a esas teorías, cuestión de poco tiempo para atestiguar la muerte del añejo partido tricolor.

Sin embargo, el PRI siguió con vida por dos razones centrales: Mantenía una estructura política y territorial con poco más de la mitad de las gubernaturas del país (es decir, ejercía un millonario presupuesto) y tenía una influencia decisiva y estratégica en el Congreso para llegar a acuerdos con el nuevo y bisoño gobierno panista.

Además, Vicente Fox, el presidente del cambio democrático, nunca entendió, por ignorante y frívolo, el rol histórico que le correspondió interpretar. La silla presidencial le quedó muy grande. De paso, el guanajuatense fue manipulado por una mujer oportunista y ambiciosa: su esposa Marta Sahagún.

Con un país en guerra contra los cárteles del narcotráfico y una violencia incontenible en casi todas las regiones de México, el PRI fraguó su regreso al poder de la mano de las dos principales televisoras, las que impulsaron la campaña mediática de otro político cuya ignorancia fue imposible ocultar en una rueda de prensa escenificada en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de 2011: Enrique Peña Nieto.

El Nuevo PRI fue, como sucedió con el Viejo PRI a partir del fin del ‘Milagro Mexicano’ (1940-1970), un fiasco, un fraude, un engaño, un montaje.

Dos hechos significaron la debacle penañietista y, por consecuencia, priista: La desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa y el escándalo de la adquisición de ‘La Casa Blanca’ (tema que también acabó con el matrimonio de telenovela que sostenía el mexiquense con la bella Angélica Rivera).

Algo más remató el fraudulento regreso del Revolucionario Institucional: la corrupción de varios de sus gobernadores. Javier Duarte, el otro Duarte (el de Chihuahua), Roberto Borge y los tamaulipecos Tomás Yarrington y Eugenio Hernández Flores.

Por si faltara algo, Enrique Peña Nieto llegó a cumplir con las líneas económicas ordenadas por el sistema financiero internacional: las reformas, en especial, la energética, la apertura de la industria petrolera. Una empresa paraestatal, Pemex, desmantelada lentamente en un proceso iniciado, por supuesto, en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, pero brutalmente saqueada en los últimos doce años.

La virtual puesta en venta de Petróleos Mexicanos reactivó, en buena medida, el discurso nacionalista en el país. El discurso que identificara los tiempos de gloria del PRI, fue retomado por la oposición de izquierda lopezobradorista en un entorno de enojo social.

Es evidente hasta en el logo del gobierno que tomó posesión el primero de diciembre del año pasado: La Cuarta Transformación se sustenta en los símbolos del nacionalismo mexicano. Andrés Manuel López Obrador arrebató los mitos y los símbolos sobre los que se forjó y se construyó la narrativa de la revolución institucionalizada.

Hoy, el PRI, tras su etapa neoliberal (1982-2018), se quedó sin los símbolos que dieron identidad al viejo régimen nacido en 1929 con una genial operación política de Plutarco Elías Calles. Al quedarse sin su discurso nacionalista, quedó entrampado y confundido en la promesa tecnocrática nunca cumplida: llevar al país al Primer Mundo y, por ende, terminar con la pobreza.

En su libro ‘Fin de Régimen y Democracia Incipiente. México hacia el Siglo 21’, publicado en 1998, el historiador Lorenzo Meyer escribió y pronosticó: ‘En condiciones adecuadas, ese pasado histórico (el nacionalismo como discurso) puede ser recuperado de manera constructiva y convertirse, de nuevo, en fuente de energía política y consenso’.

Eso es lo que sucedió con la llegada de la Cuarta Transformación: Andrés Manuel López Obrador recuperó, a su manera, la narrativa nacionalista, con sus mitos y símbolos bien definidos, y ahora encabeza una nueva hegemonía política que tiene, entre otras cosas, a un PRI al borde de la muerte, un dinosaurio a punto de su extinción.

Y PARA CERRAR…
En ‘Adiós al PRI’, un libro de Gabriel Zaid que fue publicado en 1995 y que recopiló varios de sus artículos, tiene una frase final que se ajusta a la perfección a los tiempos actuales del priismo moribundo: ‘Un sistema -un partido- en el cual ya no creen ni sus miembros prominentes, no puede durar mucho’.